Raskólnikov, un joven universitario que se encuentra en la miseria pero siente enormes ansias de poder. Debido a estas circunstancias, empezará a planear el asesinato de una anciana viuda y usurera.
Se había habituado a vivir
tan encerrado en sí mismo, tan aislado, que no
sólo temía encontrarse con su patrona, sino que
rehuía toda relación con sus semejantes. Debía una cantidad considerable a la patrona y por eso temía encontrarse con ella.
En la casa de la vieja :
¿Qué desea usted? -preguntó ásperamente la vieja, que, apenas había entrado en la habitación, se había plantado ante él para mirarle frente a frente.-Vengo a empeñar esto.
La usurera tenía una hermana, Lisbeth, y que la menuda y horrible vieja la vapuleaba sin ningún miramiento, a pesar de que Lisbeth medía aproximadamente un metro ochenta de altura.
En la taberna :
Él no quitaba ojo al supuesto funcionario, y éste no sólo no cesaba de mirarle, sino que parecía ansioso de entablar conversación con él.
-Señor: ¿puedo permitirme dirigirme a usted para conversar en buena forma?
Bien, yo soy un puerco y ella una dama. Yo parezco una bestia, y Catalina Ivanovna, mi esposa, es una persona bien educada, hija de un oficial superior. Cuando me casé con ella, era viuda y tenía tres hijos de corta edad. Su primer matrimonio había sido de amor. El marido era un oficial de infantería con el que huyó de la casa paterna. Catalina adoraba a su marido, pero él se entregó al juego, tuvo asuntos con la justicia y murió. En los últimos tiempos él le pegaba.
Después de la muerte de su marido, quedó sola con sus tres hijitos en una región lejana y salvaje, donde yo me encontraba entonces. Vivía en una miseria tan espantosa, que yo, que he visto los cuadros más tristes, no me siento capaz de describirla.
Fue entonces, señor, entonces, como ya le he dicho, cuando yo, viudo también y con una hija de catorce años, le ofrecí mi mano, pues no podía verla sufrir de aquel modo.
Entre tanto, la hija que tuve de mi primera mujer ha crecido. En cuanto a lo que su madrastra la ha hecho sufrir, prefiero pasarlo por alto.
-¡Vámonos, señor! -exclamó de súbito Marmeladof, levantando la cabeza y dirigiéndose a Raskolnikof-. Lléveme a mi casa... El edificio Kozel... Déjeme en el patio... Ya es hora de que vuelva al lado de Catalina Ivanovna.
En la casa de Catalina Ivanovna: -¿Dónde está el dinero? -siguió vociferando la mujer-. ¡Señor! ¿Es posible que se lo haya bebido todo? ¡Quedaban doce rublos en el baúl! ¡Están hambrientos! -señalaba a los niños, se retorcía los brazos-. ¡Maldita vida!
Raskolnikof sale del apartamento y se dirige a su casa: -¡Ah, se me olvidaba! Llegó una carta para ti cuando no estabas en casa.
Anastasia le entregó una carta a Raskolnikov la cual era de su madre, la carta contaba a Raskolnikov la difícil situación de su madre y su hermana de él, Dunia.
Dunia trabajaba en la casa de la familia Svidrigailov quienes la trataban de buena manera; sin embargo, no era así con el el señor Svidrigailov que la acosaba y la trataba de mala manera.
El señor Svidrigailof, el muy insensato, sentía desde hacía tiempo por Dunia una pasión que ocultaba bajo su actitud grosera y despectiva, tal vez sus groserías y sus sarcasmos no tenían más objeto que ocultar su pasión a los ojos de su familia.
Marfa Petrovna sorprendió un día en el jardín, por pura casualidad, a su marido en el momento en que acosaba a Dunia, y lo interpretó todo al revés, achacando la culpa a tu hermana. Marfa Petrovna, se dedicó a difamar a Dunia por toda la ciudad.
El señor Svidrigailof ha recobrado la lucidez. Torturado por el remordimiento y compadecido sin duda de la suerte de tu hermana, ha presentado a Marfa Petrovna las pruebas más convincentes de la inocencia de Dunia. Una carta escrita por la propia Duna donde le pedía que no la siguiera acosando y que respetara su hogar.
La señora Marfa Petrovna arrepentida fue a disculparse con Duna y recorrió las casas de la ciudad, y en todas partes, entre sollozos y en los términos más halagadores, rendía homenaje a la inocencia, a la nobleza de sentimientos y a la integridad de la conducta de Dunia.
Tiempo después un hombre llamado Pedro Petrovich Lujin declaró su amor por Dunia, esta terminó por aceptarlo y después de poco tiempo se casarían.
El prometido de tu hermana, Piotr Petrovitch Lujine, es consejero de los Tribunales y pariente lejano de Marfa Petrovna. Este señor será para ti sumamente útil, y Dunia y yo hemos pensado que puedes comenzar en seguida tu carrera y considerar tu porvenir asegurado
Además Dunia y la madre de Raskolnikov irían a San Petersburgo para visitarlo a él.
La carta de su madre le había trastornado, pero Raskolnikof no había vacilado un instante, ni siquiera durante la lectura, sobre el punto principal. Acerca de esta cuestión, ya había tornado una decisión irrevocable: «Ese matrimonio no se llevará a cabo mientras yo viva. ¡Al diablo ese señor Lujine!»
La cosa no puede estar más clara: ella no se vendería jamás por sí misma, por su bienestar, ni siquiera por librarse de la muerte. Pero lo hace por otro; se vende por un ser querido. He aquí explicado el misterio: se dispone a venderse por su madre y por su hermano... Cuando se llega a esto, incluso violentamos nuestras más puras convicciones.
¿Y qué sucederá si el sacrificio es superior a tus fuerzas, si te arrepientes de lo que has hecho? Entonces todo serán lágrimas derramadas en secreto, maldiciones y una amargura infinita.
Estaba en aquel momento en el bulevar K..., y el banco se ofreció a sus ojos, a unos cien pasos de distancia. Aceleró el paso cuanto le fue posible, pero por el camino le ocurrió una pequeña aventura que absorbió su atención durante unos minutos. Estaba mirando el banco desde lejos, cuando advirtió que a unos veinte pasos delante de él había una mujer a la que empezó por no prestar más atención que a todas las demás cosas que había visto hasta aquel momento en su camino.
Venga... Mire... Está completamente embriagada. Hace un momento se paseaba por el bulevar. Sabe Dios lo que será, pero desde luego, no tiene aspecto de mujer alegre profesional. Yo creo que la han hecho beber y se han aprovechado de su embriaguez para abusar de ella.
Pero, a todo esto, ¿adónde voy?-pensó de súbito-. ¡Qué raro! Yo he salido de casa para ir a alguna parte; apenas he terminado de leer, he salido para... ¡Ahora me acuerdo: iba a Vasilievski Ostrof, a casa de Rasumikhine!
Rasumikhine era uno de sus antiguos compañeros de universidad. Era pobre en extremo, orgulloso, altivo, y vivía encerrado en si mismo como si guardara un secreto.
Algunos de sus compañeros juzgaban que los consideraba como niños a los que superaba en cultura y conocimientos y cuyas ideas e intereses eran muy inferiores a los suyos.
Rasumikhine tenía otra característica notable: ninguna contrariedad le turbaba; ningún revés le abatía. Podría haber vivido sobre un tejado, soportar el hambre más atroz y los fríos más crueles.
Iré a casa de Rasumikhine, cierto, pero no ahora...; iré a su casa al día siguiente del hecho, cuando todo haya terminado y todo haya cambiado para mí.»
Raskolnikof dio media vuelta y continuó su marcha a la aventura. Se levantó del banco y echó a andar con paso rápido. Casi corría, con la intención de volver a su casa. Pero al pensar en su habitación experimentó una impresión desagradable.
Un febril temblor nervioso se había apoderado de él. Se estremecía. Tenía frío a pesar de que el calor era insoportable.
Así atravesó toda la isla Vasilievski, llegó ante el Pequeño Neva, pasó el puente y desembocó en las islas menores.Se propuso volver a casa, pero, al llegar a la isla Petrovski, hubo de detenerse: estaba completamente agotado.
Salió, pues, del camino, se internó en los sotos, se dejó caer en la hierba y se quedó dormido en el acto. Los sueños de un hombre enfermo suelen tener una nitidez extraordinaria y se asemejan a la realidad.
Raskolnikof tuvo un sueño horrible. Volvió a verse en el pueblo donde vivió con su familia cuando era niño y soñó con el horrendo asesinato de un caballo.
Despierta del horrendo sueño y comienza a cuestionarse:
«¿Es posible, Señor, es realmente posible que yo coja un hacha y la golpee con ella hasta partirle el cráneo? ¿Es posible que me deslice sobre la sangre tibia y viscosa, para forzar la cerradura, robar y ocultarme con el hacha, temblando, ensangrentado? ¿Es posible, Señor?»
Más adelante, cuando Raskolnikof recordaba este período de su vida y todo lo sucedido durante él, minuto por minuto, punto por punto, sentía una mezcla de asombro e inquietud supersticiosa ante un detalle que no tenía nada de extraordinario, pero que había influido decisivamente en su destino.
He aquí el hecho que fue siempre un enigma para él. ¿Por qué, aun sintiéndose fatigado tan extenuado, que debió regresar a casa por el camino más corto y más directo, había dado un rodeo por la plaza del Mercado Central, donde no tenía nada que hacer? Desde luego, esta vuelta no alargaba demasiado su camino, pero era completamente inútil.
Pero, ¿por qué aquel encuentro tan importante para él, a la vez que tan casual, que había tenido en la plaza del Mercado (donde no tenía nada que hacer), se había producido entonces, a aquella hora, en aquel minuto de su vida y en tales circunstancias que todo ello había de ejercer la influencia más grave y decisiva en su destino? Era para creer que el propio destino lo había preparado todo de antemano.
El comerciante : Usted y nadie más que usted, Lisbeth Ivanovna, ha de decidir lo que debe hacer-decía el comerciante en voz alta-. Venga mañana a eso de las siete. Ellos vendrán también.-¿Mañana? -dijo Lisbeth lentamente y con aire pensativo, como si no se atreviera a comprometerse.
Raskólnikove, se había enterado, de súbito y del modo más inesperado, de que al día siguiente, exactamente a las siete, Lisbeth, la hermana de la vieja, la única persona que la acompañaba, habría salido y, por lo tanto, que a las siete del día siguiente la vieja ¡estaría sola en la casa!
Sin embargo, sintió súbitamente y con todo su ser, que su libre albedrío y su voluntad ya no existían, que todo acababa de decidirse irrevocablemente.
Aunque hubiera esperado durante años enteros una ocasión favorable, aunque hubiera intentado provocarla, no habría podido hallar una mejor y que ofreciese más probabilidades de éxito que la que tan inesperadamente acababa de venírsele a las manos.
Momento en el cual Raskolnikof comienza a planear el asesinato. Este acontecimiento ocurrió mucho antes de los anteriores sucesos y fue el detonante de su macabro plan.
Después de recibir dos pequeños billetes, Raskolnikof entró en una taberna que encontró en el camino. Se sentó, pidió té y empezó a reflexionar. Acababa de acudir a su mente, aunque en estado embrionario, como el polluelo en el huevo, una idea que le interesó extraordinariamente.
Una mesa casi vecina a la suya estaba ocupada por un estudiante al que no recordaba haber visto nunca y por un joven oficial. Habían estado jugando al billar y se disponían a tomar el té. De improviso, Raskolnikof oyó que el estudiante daba al oficial la dirección de Alena Ivanovna y empezaba a hablarle de ella. Esto le llamó la atención: hacía sólo un momento que la había dejado, y ya estaba oyendo hablar de la vieja.
A esa maldita vieja, la mataría y le robaría sin ningún remordimiento. Si uno la matase y se apoderara de su dinero para destinarlo al bien de la humanidad.
¿Por qué había oído expresar tales pensamientos en el momento mismo en que ideas idénticas habían germinado en su cerebro? ¿Y por qué, cuando acababa de salir de casa de Alena Ivanovna con aquella idea embrionaria en su mente, había ido a sentarse al lado de unas personas que estaban hablando de la vieja?
Vuelve a casa, sueña nuevamente y despierta para empezar a trabajar en su plan.
Aquel nudo corredizo, destinado a sostener el hacha, constituía un ingenioso detalle de su plan. No era cosa de ir por la calle con un hacha en la mano.
Le faltaba la operación más importante: robar el hacha de la cocina; sin embargo, se la roba al portero de la pensión.
Ya estaba cerca. Ya veía la casa. Allí estaba su gran puerta cochera...
Se acercó a la lámpara (todas las ventanas estaban cerradas, a pesar del calor asfixiante) y empezó a luchar por deshacer los nudos, dando la espalda a Raskolnikof y olvidándose de él momentáneamente.
Pero ¿cómo demonio has atado esto? ¡Vaya un enredo! -exclamó la vieja, volviendo un poco la cabeza hacia Raskolnikof. No había que perder ni un segundo. Sacó el hacha de debajo del abrigo, la levantó con las dos manos y, sin violencia, con un movimiento casi maquinal, la dejó caer sobre la cabeza de la vieja.
No -dijo el joven (persona que estaba estudiando para juez de instrucción)-; usted quédese aquí. Iré yo a buscar al portero.-¿Por qué he de quedarme?-Nunca se sabe lo que puede ocurrir.-Bien, me quedaré, (esto dijo Koch).
Óigame: estoy estudiando para juez de instrucción. Aquí hay algo que no está claro; esto es evidente..., ¡evidente! Después de decir esto en un tono lleno de vehemencia, el joven empezó a bajar la escalera a grandes zancadas.
Cuando se quedó solo, Koch llamó una vez más, discretamente, y luego, pensativo, empezó a sacudir la puerta para convencerse de que el cerrojo estaba echado.
Habían pasado ya varios minutos y nadie subía. Koch empezaba a perder la calma.-Pero ¿dónde se habrá metido ese hombre? -gruñó. Al fin, agotada su paciencia, se fue escaleras abajo con su paso lento, pesado, ruidoso.
Raskolnikof descorrió el cerrojo y entreabrió la puerta. No se percibía el menor ruido. Sin más vacilaciones, salió, cerró la puerta lo mejor que pudo y empezó a bajar y se escondió en el departamento que estaban pintando
No cabe duda de que el asesino estaba en el piso y había echado el cerrojo. Seguro que lo habrían atrapado si Koch no hubiese cometido la tontería de abandonar la guardia para bajar en busca de su amigo.
El asesino aprovechó ese momento para deslizarse por la escalera y escapar ante sus mismas narices.
Se ha presentado una denuncia contra usted. ¡Usted no paga sus deudas!
Tal vez hagan un registro aprovechando mi ausencia.» Se detuvo un momento mientras se dirigía a la comisaría, pero era tal la desesperación que le dominaba, era su desesperación. Tan cínica, tan profunda, que hizo un gesto de impotencia y continuó su camino.
Ese señor escritor, mejor dicho, estudiante, es decir, antiguo estudiante, no paga sus deudas, firma pagarés y se niega a dejar la habitación que tiene alquilada. Por todo ello se le denuncia, y he aquí que este señor se molesta porque enciendo un cigarrillo en su presencia. ¡Él, que sólo comete villanías! Ahí lo tiene usted. Mírelo; mire qué aspecto tan respetable tiene.
Una vez fuera de la comisaría: Avanzaba con paso rápido y firme. Estaba rendido, pero conservaba la lucidez mental. Temía que la policía estuviera ya tomando medidas contra él; que al cabo de media hora, o tal vez sólo de un cuarto, hubiera decidido seguirle. Por lo tanto, había que apresurarse a hacer desaparecer aquellos objetos reveladores.
¿Adónde ir...? Este punto estaba ya resuelto. «Arrojaré las cosas al canal y el agua se las tragará, de modo que no quedará ni rastro de este asunto.»
Hace un momento estabas dispuesto a arrojar al agua esa bolsa, esas joyas que ni siquiera has mirado... ¿Qué explicación puedes dar a esto?»
Al desembocar en la plaza que hay al final de la avenida V. vio a su izquierda la entrada de un gran patio protegido por altos muros.
Se inclinó sobre la piedra, la cogió con ambas manos por la parte de arriba, reunió todas sus fuerzas y consiguió darle la vuelta. En el suelo apareció una cavidad donde depositó los objetos.
Salió y se dirigió a la plaza. De nuevo una alegría inmensa, casi insoportable, se apoderó momentáneamente de él. No había quedado ni rastro. «¿Quién podrá pensar en esa piedra? ¿A quién se le ocurrirá buscar debajo? Seguramente está ahí desde que construyeron la casa.
Aún se reía cuando atravesó la plaza. Pero su hilaridad cesó repentinamente cuando llegó al bulevar donde días atrás había encontrado a la jovencita embriagada.
El caso es que dije que vendría a casa de Rasumikhine "al día siguiente". Pues bien, ya he venido. ¿Acaso tiene algo de particular que le haga una visita?»
Bueno, ¿quieres traducir el segundo pliego del folleto Es la mujer un ser humano?
En la casa. Nadie le ha pegado a la patrona -dijo con voz firme y severa. Aquí no ha venido nadie. Es la sangre lo que te ha trastornado. No, el ayudante del comisario ha venido... Todos los vecinos han salido a la escalera...
Sin embargo, no estuvo por completo inconsciente durante su enfermedad: era el suyo un estado febril en el que cierta lucidez se mezclaba con el delirio. Andando el tiempo, recordó perfectamente los detalles de este período. A veces le parecía ver varias personas reunidas alrededor de él. Se lo querían llevar. Hablaban de él y disputaban acaloradamente. Después se veía solo: inspiraba horror y todo el mundo le había dejado. De vez en cuando, alguien se atrevía a entreabrir la puerta y le miraba y le amenazaba. Estaba rodeado de enemigos que le despreciaban y se mofaban de él. Reconocía a Nastasia y veía a otra persona a la que estaba seguro de conocer, pero que no recordaba quién era, lo que le llenaba de angustia hasta el punto de hacerle llorar.
En la casa. Cerca de Anastasia había un individuo al que Raskolnikof no conocía y que le observaba atentamente. Era un mozo que tenía aspecto de cobrador. La patrona echó una mirada al interior por la entreabierta puerta. Raskolnikof se incorporó.
La puerta se abrió y dio paso a Rasumikhine, que entró en la habitación inclinándose un poco, por exigencia de su considerable estatura.
Ahora diga quién es usted.-Soy un empleado de la casa Chelopaief y he venido para cierto asunto. Al decir esto, Rasumikhine cogió una silla y se sentó al otro lado de la mesa.
Se trata -dijo el empleado, dirigiéndose a Raskolnikof- de que, atendiendo a los deseos de su madre, Atanasio Ivanovitch Vakhruchine, de quien usted, sin duda, habrá oído hablar más de una vez, le ha enviado cierta cantidad por mediación de nuestra oficina.
Le entregaré treinta y cinco rublos que nuestra casa ha recibido de Atanasio Ivanovitch, el cual ha efectuado el envío por indicación de su madre. Sin duda, ya estaría usted informado de esto.
Rasumikhine le cuenta cómo se enteró de todo. No puedes figurarte, Rodia, las cosas que han pasado aquí durante tu enfermedad. Cuando saliste corriendo de mi casa como un ladrón, sin decirme dónde vivías, decidí buscarte hasta dar contigo, para vengarme. En la comisaría me contaron todo.
La dueña de la casa (Pachenka) te hizo firmar ese pagaré que, según le aseguraste, pagaría tu madre...-Esto fue una vileza mía -declaró Raskolnikof con voz clara y vibrante-. Mi madre está poco menos que en la miseria. Mentí para que siguiera dándome habitación y comida.
En una palabra, ella endosó el pagaré a Tchebarof, y éste no vaciló en exigir el pago. Hemos hecho venir a Tchebarof, le hemos tapado la boca con una pieza de diez rublos y él nos ha devuelto el pagaré. Aquí lo tienes; tengo el honor de devolvértelo. Ahohra solamente eres deudor de palabra. Tómalo.
En este momento se abrió la puerta y entró en la habitación un hombre alto y fornido. Su modo de presentarse evidenciaba que no era la primera vez que visitaba a Raskolnikof.-¡Al fin tenemos aquí a Zosimof!-exclamó Rasumikhine.
Y té voy a decir una cosa: Zamiotof y yo tenemos entre manos un asunto que nos interesa a los dos por igual. Se trata del pintor, de ese pintor de brocha gorda. Conseguiremos que lo pongan en libertad.
Se trata de la muerte de la vieja usurera. Hay un pintor mezclado en el suceso.
Pues ocurrió que, Mikolai apenas vio los pendientes en el cuarto que estaba pintando, se olvidó de su trabajo y de Mitri, cogió su gorro y corrió a la taberna de Duchkhine. Éste le dio, como ya sabemos, un rublo, y Mikolai le mintió diciendo que se había encontrado los pendientes en la calle.
Ahora, admitido esto, permíteme una pregunta. ¿Se puede concebir la indiferencia, la tranquilidad de espíritu que demuestran esos gritos, esas risas, esa riña infantil en personas que acaban de cometer un crimen y están ante la misma casa en que lo han cometido? ¿Es esta conducta compatible con el hacha, la sangre, la astucia criminal y la prudencia que forzosamente han de acompañar a semejante acto? Cinco o diez minutos después de haber cometido el asesinato (no puede haber transcurrido más tiempo, ya que los cuerpos no se han enfriado todavía), salen del piso, dejando la puerta abierta y, aun sabiendo que sube gente a casa de la vieja, se ponen a juguetear ante la puerta de la casa, en vez de huir a toda prisa, y ríen y llaman la atención de la gente, cosa que confirman ocho testigos... ¡Qué absurdo!
Los pendientes se le cayeron al verdadero culpable. Éste estaba arriba, en el piso de la vieja, mientras Koch y Pestriakof llamaban a la puerta. Koch cometió la tontería de bajar a la entrada poco después que su compañero. Entonces el asesino sale del piso y empieza a bajar la escalera, ya que no tiene otro camino para huir. A fin de no encontrarse con el portero, Koch y Pestriakof, ha de esconderse en el piso vacío que Nicolás y Mitri acaban de abandonar. Es el momento en que Mitri y Nicolás echan a correr por la calle.
Todos los que estaban ante la puerta se han dispersado. Tal vez alguien le viera, pero nadie se fijó en él. ¡Entraba y salía tanta gente por aquella puerta! El estuche se le cayó del bolsillo cuando estaba oculto detrás de la puerta, y él no lo advirtió porque tenía otras muchas cosas en que pensar en aquel momento. Que el estuche estuviera allí demuestra que el asesino se escondió en el piso vacío. He aquí explicado todo el misterio.
Llega un señor muy elegante. Ya estoy enterado, ya estoy enterado-replicó de súbito Raskolnikof, cuyo semblante expresaba viva irritación-.
Es usted el novio, ¿verdad? Bien, pues ya ve que lo sé.
Óigame, señor -comenzó a decir, haciendo un gran esfuerzo por dominarse-: la acogida que usted me ha dispensado me ha demostrado claramente y desde el primer momento su enemistad hacia mí, y si he prolongado la visita ha sido solamente para acabar de cerciorarme. Habría perdonado muchas cosas a un enfermo, a un pariente; pero, después de lo ocurrido, ¡ni pensarlo!
-¡Es vergonzoso! -exclamó una de las mujeres del grupo, sacudiendo la cabeza con un gesto de desesperación-. No comprendo cómo se puede mendigar de este modo. Sólo de pensarlo, me muero de vergüenza.
De pronto, alguien se sentó a su lado y él le dirigió una mirada. Era Zamiotof, Zamiotof en persona, con la misma indumentaria que llevaba en la comisaría.
-¿Y si yo fuera el asesino de la vieja y de Lisbeth? -preguntó, e inmediatamente volvió a la realidad.
-Nada de eso -replicó vivamente Zamiotof-. No lo creo en absoluto. Y ahora menos que nunca.
Raskolnikof se abrió paso entre la gente, y entonces pudo ver lo que provocaba tanto alboroto y curiosidad. En la calzada yacía un hombre ensangrentado y sin conocimiento. Acababa de ser arrollado por los caballos.
¡Yo lo conozco! ¡Yo lo conozco!-exclamó, abriéndose paso a codazos entre los que estaban delante de él-. Es un antiguo funcionario: el consejero titular Marmeladof.
No me comprende usted! -exclamó Catalina Ivanovna con una mezcla de irritación y desaliento-. ¿Por qué me han de indemnizar? Ha sido él el que, en su inconsciencia de borracho, se ha arrojado bajo las patas de los caballos. Por otra parte, ¿de qué sostén habla usted? Él no era un sostén para nosotros, sino una tortura. Se lo bebía todo. Se llevaba el dinero de la casa para malgastarlo en la taberna. Se bebía nuestra sangre. Su muerte ha sido para nosotros una ventura, una economía.
Haces bien en acompañarlo a casa -dijo Zosimof a Rasumikhine-. Ya veremos cómo va la cosa mañana.
Óyeme, Rasumikhine -dijo Raskolnikof-: quiero hablarte francamente. Vengo de casa de un difunto, que era funcionario... He dado a la familia todo mi dinero. Además, me ha besado una criatura de un modo que, aunque verdaderamente hubiera matado yo a alguien... Y también he visto a otra criatura que llevaba una pluma de un rojo de fuego... Pero estoy divagando... Me siento muy débil... Sostenme... Ya llegamos.
Estaban en el penúltimo tramo, ante la puerta de la patrona, y desde allí se podía ver, en efecto, que en la habitación de Raskolnikof había luz. .-¡Qué raro! Estaban en el penúltimo tramo, ante la puerta de la patrona, y desde allí se podía ver, en efecto, que en la habitación de Raskolnikof había luz. .-¡Qué raro! ¿Será Nastasia?-dijo Rasumikhine.
Raskolnikof cogió el picaporte y abrió la puerta de par en par. Y cuando hubo abierto, se quedó petrificado. Su madre y su hermana estaban sentadas en el diván. Le esperaban desde hacía hora y media. ¿Cómo se explicaba que Raskolnikof no hubiera pensado ni remotamente que podía encontrarse con ellas, siendo así que aquel mismo día le habían anunciado dos veces su inminente llegada a Petersburgo?